EL FRACASO SOCIAL DEL GOBIERNO DE MILEI ESTÁ DESTRUYENDO A LA ARGENTINA

Por Marcelo Puella, dirigente nacional del justicialismo y presidente del FRENAP

La Argentina atraviesa una de las etapas más dolorosas de su historia reciente. Detrás de los discursos triunfalistas del presidente Javier Milei hay familias que no llegan a fin de mes, trabajadores que pierden sus empleos, comercios que cierran y pequeñas y medianas industrias que luchan por sobrevivir.

Mientras el Gobierno celebra sus números fiscales, millones de argentinos enfrentan pobreza, desempleo, endeudamiento e incertidumbre. ¿De qué sirve ordenar las cuentas del Estado si se desordena la vida de la gente? ¿De qué sirve hablar de libertad cuando cada vez más personas no pueden elegir qué comer, cómo pagar sus servicios o cómo sostener a sus familias?

Un gobierno no puede considerar un éxito económico el sufrimiento de su pueblo.

La pobreza no es un número

Los últimos datos del INDEC correspondientes al primer semestre de 2026 indican que el 32,3% de la población de los principales aglomerados urbanos se encontraba bajo la línea de pobreza. La desocupación alcanzó el 7,9% en el segundo trimestre del año.

Detrás de cada porcentaje hay familias que hacen malabares para comprar alimentos, jubilados que deben elegir entre medicamentos y comida, padres que no pueden garantizarles a sus hijos una vida digna y jóvenes que ven alejarse sus posibilidades de futuro.

No podemos naturalizar que vivir dignamente se convierta en un privilegio ni aceptar que el hambre y la desesperanza sean presentados como el costo inevitable de un supuesto cambio económico.

La política debe estar al servicio de la gente. Cuando un gobierno pierde de vista esa responsabilidad, deja de comprender el verdadero sentido de gobernar.

Una economía que asfixia la producción

La Argentina no puede desarrollarse destruyendo sus capacidades productivas. Cada fábrica que cierra, cada taller que deja de trabajar y cada comercio que baja sus persianas significa menos empleo, menos ingresos y más comunidades condenadas al estancamiento.

Los indicadores oficiales reflejaron en agosto de 2026 una caída interanual del 3,2% en la producción industrial manufacturera. La actividad comercial también sufre la debilidad del mercado interno.

¿Quién compra lo que producen nuestras empresas si los trabajadores pierden poder adquisitivo? ¿Cómo sobrevive un comerciante si sus clientes ya no pueden consumir? ¿Cómo compite una pyme con costos crecientes, crédito caro y un mercado debilitado?

Un país no se construye únicamente con planillas financieras. Se construye con trabajo, producción, inversión, ciencia, tecnología y consumo popular.

Necesitamos una economía que genere riqueza y la distribuya con justicia, no un modelo que concentre oportunidades mientras trabajadores, comerciantes y empresarios nacionales quedan en el camino.

Familias endeudadas y una sociedad expulsada

Cada vez más hogares recurren a tarjetas de crédito, préstamos personales y billeteras virtuales para cubrir necesidades básicas. Cuando una familia debe endeudarse para comprar comida, pagar la luz o llegar a fin de mes, estamos ante una señal de alarma social.

No se puede hablar de libertad económica mientras miles de personas viven atrapadas entre intereses, deudas e incertidumbre. Tampoco podemos ignorar que muchos argentinos sienten que ya no tienen lugar en su propio país: trabajadores, comerciantes, jubilados y jóvenes que cumplieron con sus obligaciones y hoy sienten que el sistema los expulsa.

Un país que abandona a su gente está hipotecando su futuro.

Nuestros recursos y nuestra soberanía no están en venta

El petróleo, el gas, el litio, los minerales, el agua, la tierra y nuestra capacidad alimentaria son riquezas estratégicas. Deben servir para generar empleo argentino, fortalecer la industria nacional, desarrollar nuestras provincias y mejorar la vida de nuestro pueblo.

No nos oponemos a las inversiones ni a la cooperación internacional. Nos oponemos a resignar herramientas para defender el interés nacional, debilitar los controles públicos o entregar ventajas sin garantías de desarrollo para la Argentina.

La pregunta es simple: ¿quién se beneficia con nuestras riquezas? ¿El pueblo argentino o unos pocos grupos económicos?

La soberanía es la capacidad de decidir nuestro destino y negociar con el mundo desde la dignidad, no desde la subordinación política o económica.

La falta de empatía también es una forma de gobernar

Lo más doloroso de este tiempo no es solamente la crisis económica, sino la insensibilidad frente al sufrimiento social.

Gobernar exige escuchar a quienes perdieron su trabajo, a quienes no pueden pagar sus medicamentos, a quienes sostienen comedores y a quienes ven desmoronarse los proyectos construidos durante toda una vida.

No se puede gobernar despreciando al que piensa distinto ni responder con burlas a quienes reclaman por sus derechos. La responsabilidad de un presidente es unir a la Nación detrás de un horizonte de progreso, no enfrentar a los argentinos entre sí.

La crueldad nunca puede ser un programa de gobierno. La indiferencia nunca puede reemplazar a la justicia social.

El peronismo debe construir una alternativa

Frente a esta realidad, quienes creemos en la justicia social, la independencia económica y la soberanía política tenemos una responsabilidad histórica.

No alcanza con denunciar. Debemos construir una alternativa seria, amplia y federal que recupere el trabajo, fortalezca la industria, defienda a las pymes, mejore los ingresos de los jubilados y garantice la salud, la educación y las oportunidades para nuestros jóvenes.

Necesitamos un Estado eficiente y responsable, pero que nunca renuncie a proteger a quienes más lo necesitan. Equilibrio económico con producción, inversión con empleo y desarrollo con inclusión social.

La unidad del peronismo y de todos los sectores nacionales y populares debe construirse alrededor de un proyecto de país y de respuestas concretas para la sociedad.

La prioridad debe ser la Argentina y su gente.

La Argentina merece otro destino

No aceptamos que la pobreza sea una fatalidad, que cerrar fábricas sea modernizar, que endeudar familias sea libertad ni que la soberanía nacional se convierta en una variable de negociación.

Argentina tiene recursos, trabajadores capacitados, empresarios nacionales, científicos y productores. Tiene capacidad para salir adelante. Lo que necesita es un proyecto que ponga esas riquezas al servicio del conjunto de la sociedad.

Gobernar no es solamente administrar números. Es cuidar vidas, generar oportunidades y garantizar que nadie quede abandonado a su suerte.

No queremos una Argentina donde unos pocos celebren mientras millones sobreviven. Queremos una Argentina que produzca, que trabaje, que incluya y que vuelva a creer en sí misma.

Porque la patria no es un balance contable. La patria es su pueblo.

Y ningún proyecto económico puede considerarse exitoso si para sostenerlo hay que sacrificar la dignidad de los argentinos.